Supóngase que está caminando por la espesura de un bosque y se sale del camino y se pierde. Cae la noche y con ella, el frío y la oscuridad. No tiene ni comida ni agua. Comienza a dar tumbos a ciegas, frenéticamente y sin sentido. El miedo le consume: “a lo mejor nunca conseguiré el camino de regreso.” Luego sus ansiosos ojos divisan una luz a lo lejos. Se da cuenta de que ¡Alguien lo está buscando! La luz se aproxima y grita: “¡Estoy aquí!” Usted oye la respuesta: “¡Siga gritando!” Poco después aparece su rescatador: un guarda forestal que conoce el bosque como la palma de su mano y sabe el camino de vuelta. Lo guía con seguridad. Lo acompaña hasta la puerta de su casa y le dice: “Ahora ya está a salvo”. Totalmente aliviado, usted responde de la única manera que puede, con profunda gratitud: “No sé cómo se lo podría pagar…” Sabiendo que no hay dinero suficiente que pueda pagarle. De la misma manera, nuestro Padre celestial nos rescató. Nuestra situación era incluso más desesperada...